CALOR

 

El 10 de julio de 2014, justo después de quemarse un dedo con la olla, por los nervios de preparar la cena y tal, fue el día que el niño eligió para nacer. Y lo hizo sonriendo. El médico confirmó que el paseo hasta el lago y lo de dejar que las penas se hundieran en él había funcionado. En el parto no hubo ni una lágrima.

Antes sí.

Muchas.

Y es que esa tarde, esa misma tarde, ella se había puesto la camiseta verde del agujero en forma de estrella y había salido, porque la casa olía a humedad y ni siquiera podía abrir la ventana, y vivía en un bajo y daba a la calle y la gente que pasaba la veía hasta pensar y las alcantarillas apestaban y el vecino del bar no dejaba de molestar que si te regalo un abanico, que si me he encontrado una silla de mimbre, a las tantas de la tarde cuando ya no es de día ni nada o a cualquier hora. Por eso fue por lo que pasó. Por eso salió a la calle tan deprisa que casi se tropieza con sus propias piernas. Por eso se sentó en el banco de ese parque con rosas moradas y lago. Porque necesitaba respirar y saber que el moho no iba a comérsela. Porque las hormigas habían empezado a atacar de nuevo. Hormigas rojas que no paraban de subir por los estantes y la bayeta del fregadero. Igualito que los recuerdos. Por eso fue.

Mira que ella decía que no, que no, que no, que ya tenía suficiente con aguantar esa barriga con niño dentro que le recordaba, siempre, lo que le había costado dejar al padre a pesar de lo mucho que le quería, ese padre al que amaba tanto y del que tuvo que alejarse porque no había solución, porque era como si estuvieran muertos en vida y sólo quedase esperar a estar muertos en muerte, y luego el buscarle, su camisa en cada hombre que pasaba, su cigarrito de liar en todos los ceniceros y los libros, de la biblioteca, que si los habría leído él o no, seguro que este sí, y que si él estaría bien o mal, si comería o no o si solamente dejaría pasar el tiempo bebiendo.                                                                                           Calor recortada

Pero pasó, ese día, 10 de julio de 2014, sobre las ocho de la tarde, él, uno, un chico, se sentó a su lado en el banco, en mitad del calor de ese verano que parecía a punto de romper a hervir, con su zurrón de hombre de ciudad que ama el campo, y sus sandalias, a su lado, el de la chica con la panza de luna llena y cabeza casi casi rapada al cero porque no podía soportarse a sí misma, ni a nadie, con la humedad y las hormigas ocupándole la casa, y el dinero y la falta de él, se sentó al lado y le preguntó algo ¿qué? que si podía colocarle bien el pendiente, que lo llevaba torcido y ella que no dijo nada porque pensaba ¿qué dice? y él que le recorrió el borde de la oreja con un dedo sin callos y se lo puso recto. Y ya.

Por supuesto que ella reaccionó, claro, es normal, con un encogimiento momentáneo del niño que ocupaba su interior, un alargamiento del brazo hasta el bolso de cuero, a quince centímetros de su pierna izquierda, en el que traía las llaves de la casa con hormigas y el dinero, que no era el del alquiler sino el de la compra, y con un endurecimiento de los hombros y los músculos, en general.

Él dijo que perdóname el susto y sacó un lápiz de su bolsa y un papel y se puso a dibujar un bicho y a hablar, hablar de que llevaba un poco de agua helada, por si quería, y de que se había encontrado tres limones en el árbol de la plaza que prácticamente se habían dejado caer en sus manos y que ¡mira! hay un cascabel brillante medio enterrado en la arena del parque y que le recuerdan a las caracolas de mar que le encantan porque son como la radio de las olas y así siguió, hablando más que ella el chico de los ojos enormes y, después, de él fue la idea, sólo de él, de tirar las penas al lago, vamos, va, dales una patada bien fuerte y la chica lo hizo, por intentarlo que no quede, y las empujó con un buen golpe de mente que le salió desde los pies y las botas. Luego pensó en el lago, pobre, lleno de penas, pero empujó al agua este pensamiento, también.

Y eso que ella decía que no y que no, tan alto que los gorriones echaban a volar, que no quería nada, pero así fue, pasó, ese día en que caminaron de la mano hasta la casa de la puerta morada y estrenaron la olla para hacer cus-cus y ella se quemó un dedo por los nervios, el día en que el chico de los rizos negros le sombreó un corazón en la barriga con el pintalabios, y cortó un limón por la mitad, porque decía que así era como se espantaba a las hormigas.

El 10 de julio de 2014. Ese fue el día, justo antes de que naciera el niño.

Hirviente.